sábado 24 de abril de 2010

Haikus

Estalla Abril,
¿en qué desliz perdimos
tanto invierno?

El aire sangra,
herido está de azahar
en primavera.

En mi lengua,
como fresas recién cogidas
tiemblan de hambre
tus pezones.

domingo 10 de enero de 2010

Uno siente
que tras tantos poemas de amor,
malos, peores, fugaces algunos
como el tiempo de la infancia,
otros que aún arden en la fragua de mis noches,
que después de tantos besos rotos por la lluvia,
entregados en las encendidas esquinas del olvido,
empieza uno a sentir el corazón cansado,
hace balance del dolor de otra cintura,
y se pregunta qué se salvó al fin de los naufragios,
a qué orillas del recuerdo zarpó el amor,
y si para bien o para mal,
como ruinas después de un bombardeo,
queda algo aún serenamente en pie.

Yo no creo en el amor,
por eso ya no le dedico más líneas ni miserias,
por eso trataré de no regarlo más con llanto…
pero entonces vienes tú,
caricia inmaculada,
de no sé qué rincones del tiempo y del cariño,
de sueños que hace siglos mis sentidos
me prohibieron…
vienes para poblar mis más profundos laberintos,
vienes para anidar en el hueco de mis manos.

¡Cuánta luz devuelta a mis ayeres!
¡Cuánta dicha dada por perdida!
Ahora sé que valió la pena el tiempo
sin tus besos…

Pero nada tengo para darte
que te tenga a salvo de mis dunas,
que te aleje de las sordas colmenas de mi llanto…
nada, ni dinero, ni fama, ni fortuna,
nada salvo estos labios inundados de relámpagos,
el viaje que en la noche, mi pasión emprende sola,
nada, salvo el viento que mece mis banderas.

Aprenderé por tanto a quererte en secreto,
sin levantar sospechas y sin prisas,
sin albergar dudas. Aprenderé a quererte
en la distancia,
furtivamente y en silencio como un fantasma
que deambula en tu mirada,
como hace el gato a escondidas con la luna.

Y si llega el día que más temo,
en que tornes a mirarme
y a buscarme en el infierno,
y llorando destapes tanta farsa sin sentido,
si llega el día, digo, te besaré
en la frente tiernamente,
me morderé la lengua hasta que sangre,
y agarraré mi rumbo de castillos invisibles,
sólo por no arruinar tu amor entre suspiros.

De ti guardo una imagen en un sueño.


Estaba lloviendo,

y venías a mi puerta

empapada de caricias y de besos

y de no sé qué luces de verano

en la mirada.


Estaba lloviendo,

y en el quicio naufragado

esperabas en silencio como si me hubieras

hecho una pregunta,

como si aún hoy esperaras la respuesta…

no, no recuerdo nada más,

por eso son tan bellos los sueños imposibles,

porque se vuelven reales un momento,

y en secreto impulsan nuestra vida.


¿De verdad eras tú,

la que lloviendo llanto golpeaste

mis insomnios? ¿De verdad eras tú,

la que llamaste a mis tormentas?

Quisiera a veces creer que sí,

que fuiste tú,

porque no has podido desde entonces

evitar sonrojarte al sentirte descubierta,

al saber que fuiste tú el postigo dulce

de mis sueños.

Mientes mal y tú lo sabes.

Eso o es que en tus ojos duerme el cielo.


Y en las veces en que pienso en responderte,

aparece cruel el mundo a chillarme en el oído,

a decirme que está mal la forma en la que amamos,

coincidiendo en un rincón de almohadas separadas,

pretendiendo ser felices en sonrisas dibujadas,

abrazando soledades en el colchón de la costumbre…

sí,

quisiera a veces responderte…

¿pero a qué pregunta?

¿qué día de tormenta?

¿con qué flores y traiciones,

esperar sentado en ningún sitio?

miércoles 21 de enero de 2009

Fe de erratas

Si alguna vez me creí solo,
si un día entre lágrimas dije estarlo,
o lo dudé o lo escribí o lo grité,
o lo callé o lo admití o lo esculpí
en el mármol de mis ojos,
si lo tuve tatuado
días atrás en mis muñecas,
ahora me desdigo,
rectifico,
pues nunca estuve ni estaré,
Travis,
tan solo como tú
¿me oyes?
nunca acudió la Soledad con su trampa
de silencio a mis portales,
nunca dio con mis postigos.
A diferencia de ti
yo salgo a buscarla cada noche,
voy a sus chabolas, sus polígonos, sus suburbios,
ando tras ella sin descanso
y la persigo allá donde ella vaya,
también en los estadios y en los cines,
también en las calles atestadas de gente,
la llamo en madrugada a ver si me hace caso,
pero es difícil, muy difícil…

¿acaso sabes tú lo que es estar solo?

No creo,
estar solo es no tener a nadie,
a nadie.
Y yo me esmero a veces por huir
de mis amigos, de mis novias y mis padres,
y de aquellos profesores que tan poco me enseñaron,
y de algunos idiotas que conozco…
pero ya te digo, es difícil,
casi imposible,
pues por más que corra y que vuele,
por más que escape, siempre hay alguien,
alguien que sí está solo y de verdad te necesita:
y yo en cambio me ensolo, me asolo,
me ensoledo
-como coño se diga-
ola a ola me desolo
como el mar en sus orillas,
y harto de solear,
solo
me quedo.
Después
vuelvo con los míos,
escribo o recibo algún mensaje,
salgo con alguno a dar una vuelta
con el coche por ahí,
y en un instante me olvido
del desierto
que soñé que recorría.

Pero existe ese desierto,
lo sé,
en él tropiezan sombras
que no encuentran salida.
Así que déjenme,
por respeto a ellos,
retractarme ahora de mis palabras,
permítanme que, aun tarde,
me desdiga.

Amalfi

Al filo de los mapas,
al sur de los andenes atrasados
del invierno,
brilla quieta,
perdida en ningún sitio,
escondida de las (in)útiles guías
de los hombres,
Amalfi,
duna de luz
cuna de nubes arrancada a los sueños.

Polizón de mil trenes,
tuve, para llegar a sus orillas,
que devorar afilada geografía,
áridos caminos donde hice de bandido,
pueblos fantasma donde nadie sale al paso,
viejas fronteras…
bordeé tras los pasos de Ulises el abismo
a través del sinuoso sendero de serpientes,
esquivé naufragios
y encumbré un golpeado mar de acantilados,
hasta dar con su hipnótica cintura adolescente.

Describirla es traicionarla,
nombrarla, ahogar su nombre,
pues cómo podrían, humildes,
las palabras
dibujar su hermoso desfile de gaviotas,
su bosque de fachadas azules y amarillas,
tangible, su horizonte.
De qué manera,
con qué inéditos idiomas
podría explicar su dulce calma,
la parsimonia con que huyen
como cojas tortugas por las cuestas
del tiempo, sus relojes,
y esa brisa que deslumbra
el alma en un suspiro…
cómo el sabor -dulzor
amargo- de infancia rescatada,
callado eco
de juegos en la plaza
del niño que un día fuimos.

Osados,
turistas en manada acribillan
el paraíso con sus flashes,
como si pudiera la belleza ser robada,
como si pudieran ciegos megapíxeles
almacenar ola a ola, el agua del mar,
las calles, los puertos,
el viento
que enmaraña mis recuerdos;
como si pudieran, ilusos, registrar
su son de caracola,
despliegan su arsenal de aparatos japoneses,
y se incautan de un copioso alijo de postales,
con que adornar los polvorientos
estantes de su tedio.

Perfecta en su latir,
parece fuera de los atlas,
calla
y es como si no estuviera ahí
sobre las rocas,
como si no estuviera hecha
de asfalto ni cemento,
sino de espuma,
de dulces pétalos de miel.
Más que una ciudad
bien parece un lugar
del corazón.
Por eso,
cada madrugada,
a bordo de mi almohada
he de volver,
a por las huellas
que en su arena dejé de mi alegría,
a por su voz de primavera
que florece en mis rincones.

Después de ver El David

Después de ver el David,
tras ser deslumbrado por su cuerpo de nube,
por el jazmín de sus ojos,
ya no sé,
dudo de si
sola
ahí arriba,
eres tú, luna,
llena o creciente,
inseparable satélite que acaricias nuestra órbita,
desordenas las mareas
e iluminas nuestros sueños,
o si por el contrario,
menguante,
cuna de estrellas,
no eres más que un golpeado trozo de mármol,
pétreo faro que custodias nuestras noches,
escultura de luz,
dibujada por indómita mano atrincherada
en un nido de palomas en las minas de Carrara.

lunes 21 de enero de 2008

De la luz manchada -autorretrato-

Me duelen los espejos.
Al mirarlos,
o al mirarme, mejor dicho,
salpicado en sus orillas,
me provocan esa extraña sensación
de estar ante un precipicio:
ese hipnótico miedo que tirita en mi mirada,
esas ganas -calladas- de lanzarme al vacío.

Ciegos me persiguen;
como íntimos puñales,
como hoscos animales incapaces de obediencia,
desde siempre andan buscándome,
implacables, sobreviven acampando en quicios rotos,
en inhóspitos pasillos que no dan a ningún sitio,
en los tristes probadores donde visto mi ilusión.

Me vigilan día y noche,
me sorprenden a deshora,
se abalanzan sobre mí
y me muerden las mejillas.

Mas no hubo nunca, sin embargo, testigos,
nunca nadie estuvo allí, conmigo,
en los ascensores,
ni en el frágil reflejo de la luz manchada
en los vagones del metro,
ni en las camas deshechas en que desgrano mi tinta.
No, nadie acudió a la playa a mis naufragios.

Con el tiempo,
poco a poco y sin querer,
sin apenas darme cuenta, fui
marchitándome en su cárcel de agua inmóvil
como un narciso herido.

Y si pudiera al menos
ser
como la luna,
para así esconder mi cara
arañada en los volcanes,
y ser sólo luz de plata
derramada entre los hombres.
Si pudiera ser
ay
como ellos
y que mi piel no vomitara
arañitas disecadas,
ni pedazos de alfiler tatuados por el miedo,
ni estos secos ríos de sombra...
quién sabe
tal vez sería feliz
tal vez podría dejar al fin
de huir
infatigable
de mí mismo,
como un murciélago suicida
que escapara de la noche.

Pues mi cara, un día,
nunca supe bien porqué
-ni cómo, ni hasta cuándo-
empezó a llenárseme de granos;
me salieron agujeros -Tú lo sabes Fernando, tú me has visto-
dolorosos
como profundísimos pozos inundados de ceniza,
como si anidaran en mi pelo
invisibles
las avispas
y disfrutaran picándome,
cada día desde entonces,
cada día,
como la lluvia llorando en mis cristales.

Me llené de cicatrices.
Y no me refiero con esto solamente
a lo más obvio,
a las estrellas que estallan en mis pómulos
incendiándolos de sangre,
sino a algo más,
dentro, muy adentro,
casi en el fondo oxidado de mí mismo,
allí donde, intactos, se amontonan
mis periódicos antiguos,
mis ganas de gritar,
mis sueños,
en el huérfano rincón donde se pudren
mis besos
de tanto viajar solos,
en los sedientos
posos
de mi duda.

Allí,
donde mis águilas duermen,
en esa incierta
soledad
donde la noche me escuece,
y en la que ningún ilustre dermatólogo
ha sabido pulsar nunca,
hace siglos que zozobro,
anegándome sin remedio
en tempestuosos mares de café,
de envenenado semen
sudado
entre mis sábanas,
de adulterado alcohol batiéndose
en mi boca.

Y si pudieras verme,
si pudieras
ahora
más allá de estas palabras,
por detrás incluso de estos versos,
asomarte a través del diminuto
hueco de mi voz,
entenderías que es verdad
lo que dicen de la cara:
lo de que del alma es espejo.

Por eso
y aunque sea
sonámbulo,
el día menos pensado he de salir
casa por casa
a descolgarlos de todas las paredes,
a destrozar retrovisores,
lunas, azogues,
hasta que no quede en el mundo
nada que me duela,
nada que refleje tan idéntica mi pena,
y me muerda hasta las ganas

desbocadas
de vivir.